Desde el pasado viernes 3 de febrero se muestra en la Sala Lola Massieu de la Villa de Santa Brígida, la exposición pictórica del artista grancanario Javier Rodríguez, que permanecerá abierta hasta el próximo día 17 de este mes, en horario de 9 a 14 horas, y de 18 a 20 horas de lunes a viernes.
Con un estilo definido como realismo sutil, en las pinturas están presentes los paisajes marinos, los volcanes, la flora… Luis León Barreto, asegura en una nota de opinión sobre Javier Rodríguez, que en su obra recoge «Los colores del amanecer, las piedras, los barrancos, las nebulosas de nuestros cielos, paisajes mentales que participan de la atenta observación de nuestro entorno. La naturaleza rugosa del malpaís, las plantas y los frutos, las nubes del vino, los manantiales, las cuevas de los fondos marinos, las mariposas acuáticas». Añade que Javier cultiva elementos casi mágicos y que detalles poéticos alientan su obra. «Bosques abigarrados, hadas y duendes crecen en el fondo de los cuadros de este hombre, espacios sugerentes, oníricos, de una delicadeza y una sutileza casi intangibles. Ha pintado rincones de la playa de Las Canteras, el mar del Confital, la serie Acróbatas como homenaje a la infancia, ha cultivado las marinas y los cielos, las acuarelas y los óleos, paisajes y bodegones».
Javier Rodríguez, que es muy activo, ha pintado murales para hoteles del sur de Gran Canaria y muestra su obra con regularidad en distintos espacios. Nació en Gran Canaria en 1951 y pasó su infancia y juventud mayormente en La Laguna (Tenerife). Un hombre cosmopolita, ha vivido en Alemania, Inglaterra, Holanda, donde empezó a pintar y de nuevo vuelve a las islas en la década de los 80. Ahora comparte en nuestra emblemática Sala Lola Massieu, una buena muestra de su trabajo.
Transcurría el mes de enero de 2007, cuando con la ayuda de nuestro introductor y miembro de la Asociación de loceros y loceras (ALUD), Gustavo Rivero, tuve la oportunidad de acercarme a las entrañas del pago alfarero de La Atalaya, un lugar tan cercano en el espacio para mí como vecina de Santa Brígida, pero tan distante afectivamente, con un modo de vida que fui descubriendo, con el paso del tiempo y el contacto directo.
Este detalle fue captado perfectamente por los vecinos del lugar puesto que nada más pasados dos días de mi estancia en el pago, un vecino llegó a acercarse y aunque de forma sigilosa y muy discreta, me preguntó las causas por los que yo visitaba La Atalaya con tanta frecuencia. El motivo de mi visita era ir en busca de información para un estudio que estaba realizando, vinculado a un Proyecto de investigación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. En concreto iba en busca de aquellas familias o miembros de familias que tuvieron que ver con la que fue catalogada como verdadera industrial artesanal de la isla en el s. XIX y hasta bien entrado el siglo XX. Para mi sorpresa, en ese momento, aún corría entre los miembros de esta comunidad, sangre alfarera, a pesar del reciente olvido al que está sometida la actividad. Por cuestiones de edad, tengamos en cuenta que la mayoría de descendientes de alfarera que todavía guardan en su memoria los recuerdos de aquella época cuentan actualmente con una edad media de entre 65 y 80 años, la primera impresión que percibí de mi llegada al pago, no fue la que hubiese querido. Afortunadamente, todo quedó en una mera anécdota puesto que, a medida que fueron trascurriendo los días, llegué a ser aceptada como un miembro más de esta comunidad, compartiendo recuerdos y momentos vividos en épocas pasadas, lo que me ayudó a comprender de cerca la realidad de una sociedad desconocida por muchos y que desaparece poco a poco.
S.Q. Al llegar me tropecé en la puerta con un pequeño rebotallo y algún que otro pinpollo que discutía subido de tono por entrar primero a la pequeña sala de aquella casa apartada. Pese al bullicio, se distinguía claramente la música que salía desde el interior, creo que era un foxtrot con un ritmo suave y cadencioso que invitaba al baile, saboreando el perfume de una dulce dama.
—Aquí no pasan más que los que yo diga –sentenciaba el señor mayor que hacía de filtro a la entrada–. Solo permito que bailen cuatro parejas a un tiempo y no voy a dejar que nadie me avasalle y se cuele, porque lo cojo por el cuello y lo pongo de patitas allá fuera en el camino.
El hombre corpulento y con un vozarrón ronco y nítido al mismo tiempo, que emitía por una boca bien armada en dentadura y bajo un espeso mostacho tirando del gris al blanco, era el mandador del baile y se hacía respetar.
—Es que llevo aquí más de un cuarto de hora –le acusaba un muchacho medio enclenque, con camisa blanca bajo una chaqueta de estameña, dos tallas más de la que le correspondía–, y ha dejado usted pasar a dos individuos antes que a mí.
Aproveché el despiste del entuerto para escabullirme y entrar en lo que parecía ser el salón de la vivienda. En dos de las paredes se veían sentadas a dos generaciones de mujeres; las mayores con caras de policía y las más jóvenes miraban más escrutadoras, con un brillo en los ojos que te llamaba a su lado a pedirles que las sacaras al centro de la pista. En la esquina que formaba la pared del fondo con la de la puerta por la que entré, estaban los tocadores que reflejaban en sus rostros el goce y el orgullo que transmitían luego desde sus cuerdas. Sonrientes, se hablaban con las miradas y se divertían con lo que estaba provocando aquel ritmo parrandero que espabila al más pintado. Su destreza, erróneamente llevaba a pensar que jugaban, cuando en realidad eran unos profesionales disfrutando con su trabajo. Sonaba la isa del Perenquén mientras hacían soñar, no solo a las parejas que bailaban, sino a la propia policía con tener una casa en el campo, donde esos hermosos lagartos se empiezan a asomar entre las viejas y gruesas paredes de piedra seca. Una casita con su patio, su parra y su tierra mientras que en los techos a dos aguas de tejas artesanales, se asomaban los perenquenes atraídos por la tertulia de los grillos y el timple.
- Hace unos tres años más o menos. Algunos compañeros que participan en otros grupos estaban ilusionados con el tipo de música que hacemos, boleros, fulltroll, y luego también la música canaria
¿Qué tipo de música interpreta la Parranda el Perenquén?
- Hacemos música casi toda bailable: tangos, boleros, lo que antes se tocaba en los bailes de cuerdas
¿Quiénes conforman la parranda?
- Somos un grupo de once componentes, que venimos casi todos de otras experiencias. Con nosotros está Eulogio que un profesional de la música y se hace cargo de dirigirnos y arreglar las canciones a nuestra medida. Después están Pedro, Oriol, Juan José, Gustavo, Yeray, Juan David, Gregorio, Tino, Pepe, y yo, Boro. Entre todos manejamos un amplio de abanico de instrumentos.
Hace unas semanas me encontré con Javier Santana en el pueblo, que para los que no sepan quién es Javier Santana, es el hijo de Antoñito y Susanita que eran dueños del Bar Rodríguez, o el bar de Antoñito, donde trabajó mi padre durante 25 años, y comencé allá por el año 78 mi encuentro con esta bendita y sacrificada vida profesional.
Me dijo que cuanto echaba de menos aquella vena mechada que amenizaba nuestros bocadillos, y la de tantos otros, la verdad es que aquellos bocadillos de vena mechada eran extraordinarios. Tuve el placer de trabajar con Javier, con el que disfruté de muchísimos ratos entrañables. No puedo olvidar el maracuyá, aquel refresco que el Nik distribuía, y que nosotros rebajábamos con un poco de ron Arecha, ¡¡que ron y que refresco!!, carajo las cosa buenas duran poco. La que preparábamos para el día de los inocentes era de cine, nos pasábamos dos días preparando sobres de azúcar con sal, poniéndole petardos a los cigarrillos que vendíamos sueltos, y preparábamos una caja con un bloque que se lo mandábamos a Santiaguito el carnicero con el primero que llegaba; le decíamos que por favor se lo llevaran a Santiaguito para que nos moliera la carne, y él a su vez hacía lo mismo con otro: —La carne molida para Antoñito el cocinero—, aquella caja hacia durante la mañana del 28 de Diciembre, unos diez o doce viajes de un lado para otro.